A RAS DE SUELO

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Julio 2001

EL DIOS DE TODO PODER

       Una bomba nuclear de un megatón, aunque diminuta en comparación con las más modernas, es una de las fuerzas más poderosas que el ser humano conoce. A dos mil metros de altura sobre un determinado objetivo produce una temperatura a ras del suelo de veintisiete millones de grados Fahrenheit, formando una bola de fuego de dos kilómetros de anchura, que se desplaza a razón de 186.000 kilómetros por segundo, y reduce a polvo todo ser vivo dentro de un radio de sesenta kilómetros. Además esto sería apenas en comienzo de una larga serie de horrores que acontecerían a todos los supervivientes. Pero no olvidemos que estamos hablando de una sola bomba de un solo megatón, algo ridículamente pequeño frente a las mucho más potentes que duermen en numerosos arsenales subterráneos. Sin embargo, hay un poder infinitamente superior a todas las fuentes de la naturaleza y a todas las potencias desarrolladas por el hombre. Y ese poder es uno de los atributos de Dios nuestro Señor. Sólo tenemos que cerrar nuestros ojos e imaginar que no existiera absolutamente nada, que todo estuviera completamente negro. Pensemos en un vacío sin luz, ni colores, ni sol, ni luna, ni agua, ni flora, ni fauna, ni personas. Ahora imaginemos una voz clara y potente en medio de esa total oscuridad, una voz que no grita, sólo dice: "¡Sean los cielos y la tierra!" y la rueda de la creación es inmediatamente puesta en movimiento. La voz dice "¡Sea la luz!" y todo se inunda de colores. Sólo hemos empleado nuestra limitadísima imaginación para visualizar la obra creadora de Dios. Pero la parte más extraordinaria de este relato es el método empleado por el Eterno en su acto creador.
       Las Sagradas Escrituras nos lo cuentan escuetamente: "Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca." (Salmo 33:6).
       La Palabra, el Verbo de Dios, trae a la existencia los cielos y la tierra. ¿Existe un poder superior a éste? El poder de la palabra de algunos hombres, dignatarios y autoridades, es
suficiente para cambiar el destino de pueblos enteros.
       Un par de instituciones humanas, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, pueden condenar a la miseria, a la hambruna y a la muerte a pueblos y tribus, tan solo mediante la subida de unas décimas en los réditos de sus préstamos.
       Sin embargo, sus palabras no pasan de ser de frágiles criaturas. No así el poder de nuestro Dios. Su Palabra no conoce límites. Él es el creador y sustentador de la vida: "Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran." (Nehemías 9:6).
       Nada acontece sin que Dios tenga conocimiento de ello: "He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?" (Jeremías 32:27).
       Llamamos al poder de Dios "omnipotencia" porque él es el Todopoderoso. Pero, ¿nos hemos detenido a pensar cómo actuaríamos nosotros si fuéramos omnipotentes? Probablemente utilizaríamos nuestro poder para apropiarnos egoístamente de todo cuanto deseáramos. Quizás emplearíamos nuestros ilimitados poderes y facultades para favorecer injustamente a nuestros amigos, en detrimento de otros. Lo más seguro es que no nos comportaríamos mucho mejor que cualquiera de los ridículos dictadores y reyezuelos del mundo.

Joaquín Yebra


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