DESDE EL MIRADOR

 Ondas de Vida > Julio 2001 > Desde el Mirador

Julio 2001

ACEPTÁNDONOS LOS UNOS A LOS otros (II)

        En el artículo anterior, empezamos a comentar la problemática de mantener un espíritu de armonía y de unidad dentro de la familia de Dios, a la luz de las palabras del Apóstol: "Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios" (Romanos 15:7). Hasta aquí enfatizamos dos puntos principales: primero, que debemos evitar entrar en controversias estériles (Rom. 14:1), y segundo, que debemos aprender a distinguir entre lo fundamental y lo
secundario (Rom. 14: 17).
       Un tercer principio es que debemos evitar actitudes críticas. En el contexto concreto de las discusiones entre los creyentes de Roma sobre cuestiones de comida, Pablo afirma: "El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come, porque Dios lo ha aceptado" (Rom. 14:3). Cada uno de nosotros tiene que dar cuenta a Dios por sí mismo; más vale, por lo tanto, ocuparnos de nuestra propia responsabilidad delante del Señor en el tribunal de Cristo, en lugar de perder tiempo y energías en críticas hipócritas de nuestros hermanos sobre
temas de una importancia muy relativa (Rom. 14:4, 10-13; Gal.6:4-5).
       En cuarto lugar, debemos respetar las opiniones contrarias (Rom. 14:5-6). Lo importante es que cada uno esté plenamente convencido en su propia mente, y que actúe de acuerdo con sus
convicciones. Pero imponer nuestras ideas sobre otros hermanos de forma intolerante cuando de cuestiones secundarias se trata es vulnerar el principio y la práctica de la libertad cristiana. La santidad auténtica nunca puede imponerse por métodos humanos; es producto de la obra interior del Espíritu Santo, llevando a cada uno al convencimiento de lo que de verdad agrada a Dios.
       Estrechamente ligado con lo que ya hemos dicho está el quinto principio: debemos recordar que cada uno es responsable sólo ante Cristo (Rom. 14:4-7). Mi hermano no tiene por qué rendirme cuentas a mi, ni yo tengo autoridad para pedirle explicaciones. Él no es mi criado, a quien tengo el derecho a exigir obediencia. Su Señor es Cristo, y Él tiene el poder para sostener a quien se tambalea.
       En sexto lugar, debemos andar en amor (Rom. 14:14-15; 15:1-3), que en el contexto que estamos comentando significa renunciar a la imposición de mis criterios (aunque tenga la razón) antes de causar un daño espiritual a mi hermano más débil en la fe. Si mi empeño en tener la razón hace tropezar a otro, he hecho un flaco favor al Cuerpo de Cristo. Por eso, "los que somos <fuertes> debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos" (15: 1). Así imitamos a Cristo y andamos en amor, evitando poner al otro ocasión de caer ( 14: 13b) ni perjudicando la obra de Dios por cuestiones secundarias (14:20a), y teniendo siempre como meta la paz y la edificación mutua dentro del Cuerpo (14: 19).
       Por último, y como resumen de todo el tema, debemos actuar como Cristo actuó. Pablo habla aquí del amor de Cristo que le llevó a la cruz (14:15), de su humillación voluntaria, sufriendo lo que nos correspondía a nosotros (15:3), y de su misericordia, manifestada en su disposición de recibirnos a todos sin distinción ni parcialidad (15:7). Ahora Él es nuestro Señor, y quiere ejercer su
señorío de forma activa en nuestras vidas (14:7-9). A nosotros nos toca obedecerle e imitarle.
       Y esto nos lleva ineludiblemente a amarnos y aceptarnos, como Él hizo con cada uno.

Timoteo Glasscock


Equipo ElAtrio.Net
Todos los derechos reservados

webmaster@ElAtrio.Net

Revisado el 6-04-2003
Optimizado para 800x600